Permaneceré en el último beso indeleble que escribiste en mi boca, esperando que aflore el coraje como supieron hacerlo ciertos jazmines, de otros tiempos más puros.
Fallo, repetidamente, en deslumbrarme con los tonos que alberga mi mirada, y solo aveces, puedo encontrarme en mi reflejo. Espero, afligida y flagelada, en el rincón más ocuro que conocí; y condenada a la lenta, lenta vida lentas horas, busco a ciegas un lápiz y un papel como compañía.
Frío por dentro, aún cuando el sudor empapa las sábanas que me encierran; frío y dolor, más duros que tus palabras obsequiadas al partir.
Es como un mareo: los ojos blindados por la incertidumbre y los pies que no cesan de obligar mil giros de desgracia. Pienso, que el tiempo de mi cuerpo no es de los que borran, sino de los que agreden incansables la expectativa del olvido.
Es como un pozo, denso y tenso, de instantes inagotables de tu esencia reminiscente. Y aquí, no existen las caricias al ego, solo hay tajos cargados de sangre y golpes de látigo en las piernas. En este agujero he encontrado el deleite que brinda el dolor en la piel, energizante como tus manos hábiles quitándome el aire. Puedo avisarme de los rumbos inciertos que toma mi pensar cuando vuelves por las noches insolente a romperme la cara con desamor.
Y aquí me detengo yo: no puedo mostrarme esquiva a mis fuegos nocturnos, pero puedo imaginar historias dulces de tus piernas enredadas con las mías. No puedo deshacer los estragos que provocaste en mi piel. No quiero aún olvidar la ternura de tus ronroneos.
Y aquí me detengo yo, abandonada, por siempre, irrecuperable amor, frío como el hielo.