viernes, 27 de enero de 2017

estado

No me hundiré en los más frescos jardines; sus aromas corren y me recorren con cientos de imágenes, vividas o soñadas, de tu rostro detenido en el tiempo.
Permaneceré en el último beso indeleble que escribiste en mi boca, esperando que aflore el coraje como supieron hacerlo ciertos jazmines, de otros tiempos más puros.
Fallo, repetidamente, en deslumbrarme con los tonos que alberga mi mirada, y solo aveces, puedo encontrarme en mi reflejo. Espero, afligida y flagelada, en el rincón más ocuro que conocí; y condenada a la lenta, lenta vida  lentas horas, busco a ciegas un lápiz y un papel como compañía.
Frío por dentro, aún cuando el sudor empapa las sábanas que me encierran; frío y dolor, más duros que tus palabras obsequiadas al partir.
Es como un mareo: los ojos blindados por la incertidumbre y los pies que no cesan de obligar mil giros de desgracia. Pienso, que el tiempo de mi cuerpo no es de los que borran, sino de los que agreden incansables la expectativa del olvido.
Es como un pozo, denso y tenso, de instantes inagotables de tu esencia reminiscente. Y aquí, no existen las caricias al ego, solo hay tajos cargados de sangre y golpes de látigo en las piernas. En este agujero he encontrado el deleite que brinda el dolor en la piel, energizante como tus manos hábiles quitándome el aire. Puedo avisarme de los rumbos inciertos que toma mi pensar cuando vuelves por las noches insolente a romperme la cara con desamor.
Y aquí me detengo yo: no puedo mostrarme esquiva a mis fuegos nocturnos, pero puedo imaginar historias dulces de tus piernas enredadas con las mías. No puedo deshacer los estragos que provocaste en mi piel. No quiero aún olvidar la ternura de tus ronroneos.
Y aquí me detengo yo, abandonada, por siempre, irrecuperable amor, frío como el hielo.

dónde

No sé dónde estás,
qué vislumbran tus ojos
tibios,
tal vez algún mar
agitado como los suspiros
que se escapan si doy voces
al amor que aún recuerdo.

Y tiemblo, tal vez,
por encontrarte aún distante
cuando te vuelva a ver...
Si es que puedo franquear
esa barrera infranqueable
que construimos a oscuras,
en una sola madrugada de escarcha,
y zapatos embarrados
de errores sin perdón.

Pues sí, el primero
de tantos
otros besos
que aprendí
antes de tus labios;
y pensé que sabía la verdad.

Y solo tu calor animal fue mi aliento
y tus dedos dóciles mi designio.
Pero ya no es dulce, siquiera pensar
en tu mente,
en tus besos,
rancios de mentiras,
tus sueños perdidos.

No sé dónde estás;
yo estoy aquí.